• Carlos Agudelo Montoya

Seda

Una historia que nunca fue

Seda. Alessandro Baricco

Crónica de lectura


Evoco mi primera lectura de Seda como la experiencia de un encuentro amoroso fortuito. No recuerdo hace cuántos años la leí por primera vez, solo tengo en mi memoria que estaba echado en un sofá y no pude parar hasta terminar el libro. También recuerdo la sensación al cerrarlos: había hallado una obra que demostraba la belleza de la literatura. Ocurrió igual al encontrarme con una mujer que despertase en mí un deseo en el que no mediara la razón, incluso, cuando ya la hubiera visto antes, solo cuando comenzábamos a hablar, a conocernos, se abría en mí ese deseo de no detenerme hasta sentir que había conocido una parte de ella. Luego, como pasa cuando esa persona que te apasionó debe seguir su camino, Seda se quedó en mi memoria, llena de aquellos recuerdos generados por las sensaciones que emergieron durante nuestro encuentro.

Ojalá fueran más las obras que nos hicieran comportar como amantes felices y lujuriosos; aunque si así fuera, si la mayoría de las obras hicieran brotar en nosotros las mismas emociones, en algún momento se convertiría en la normalidad; esa de la que huimos cuando nos sentimos anquilosados. Por el contrario, Seda se renueva con cada lectura, a través de sus capítulos cortos el lector se deja invadir de nuevo por esas sensaciones de placer, aunque de antemano ya sepa qué va a ocurrir, la armonía de las palabras hace apreciar el contacto como si fuera nuevo, aunque para nada desconocido, más bien son caricias en las que se percibe la experiencia.

Me atrevo a afirmar que leí Seda solo hasta después de que Alessandro Baricco visitara la Fiesta del Libro de Medellín; nunca había leído al autor, por lo que me sorprendió la forma cómo fue recibido. Tal vez fue en esa misma Fiesta cuando compré el libro y corrí a leerlo. Adquirí el pequeño ejemplar de Anagrama, tan sui géneris dentro de la colección de la editorial. Aprendí a regalar este libro como quien se atreve a recomendar lugares felices que otros necesitan conocer. He invitado a leerlo en mis clases, lo he recomendado y, en compañía de una amiga, compré la edición que publicó Contempla, ilustrada por Rébecca Dautremer.

Los desmemoriados tenemos una ventaja como lectores: podemos volver a disfrutar de un libro como si fuera la primera vez. Ahora, en esta última lectura, disfruté el libro cómo no lo había hecho antes: lo escuché leer. A través de la voz de la mujer amada, que además de traer paz, me permitió sentir una nueva experiencia. Su voz sonó en mi cabeza como he imaginado la de Hélène, tanto al hablar, como al leer esa carta que fue un guiño de complicidad a la sutil traición que Hervé Joncour creyó vivir al sentirse atraído por una desconocida. Solo una compañera de vida te conoce tan bien, tanto como para darte, a través de las palabras, el cierre a una historia que nunca fue.

17 de septiembre de 2020

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