• Carlos Agudelo Montoya

Celebrar tu vida

Escritos a mi hijo (II)


Era el último domingo de febrero, habíamos dormido con tranquilidad aunque sabíamos que estaba cerca la fecha de tu nacimiento, pero no habías vuelto a mostrar intenciones de nacer después de que unas semanas antes tu madre sintió tales dolores que nos hicieron creer que ese era el momento. A partir de ahí, en apariencia, dejamos de esperar con ansiedad que llegaras al mundo y permitimos que simplemente ocurriera.

Te confieso que no había dimensionado cómo cambiaría mi vida desde ese día, no tenía forma de saberlo hasta verte y reconocer tu existencia; las palabras, los consejos y los comentarios de quienes me rodeaban no tenían el sentido que tomaron cuando te tuve entre mis brazos y vi tu pequeña nariz llena de puntos blancos. Eras pequeño y frágil, tanto que temía hacerte daño al cargarte. Comencé, entonces, a ser más cuidadoso de lo que había sido antes. Y a medida que fuiste creciendo aprendí a disfrutar de los cambios que debía hacer en mí debido a los cambios que ocurrían en tu vida. Volví a ver dibujos animados, a ir a parques infantiles, a divertirme con juguetes, a leer libros álbum y literatura infantil, aunque era un hombre “grande”, disfruté de cada momento que me regresó a la infancia gracias a ti.

Luego, cuando solo podíamos vernos los fines de semana, cambió la forma de acercarnos. Ya no te veía cada día, de modo que cuando nos encontrábamos, hacía lo posible por que te acercaras a mí: asistíamos a talleres, íbamos a cine, te llevaba a clases de natación, de baloncesto, de taekwondo... Aprendí a ser padre de dos días a la semana. Hasta que eso también cambió cuando tenías ocho años. La vida nos unió de nuevo y comencé a ser padre soltero, una experiencia de la que aprendo hasta el día de hoy.

Por ello, cada vez que es tu cumpleaños no puedo evitar recordar con nostalgia y proyectar con alegría todo lo que has cambiado. Te cuentan historias sobre cómo es amar a un hijo, de lo que sientes con su presencia, pero es imposible alcanzar a dimensionar lo que es ese amor hasta que eres padre. Alguna vez en mi juventud pensé que tendría un hijo, pero no sabía con quién ni cómo se llamaría, tampoco tenía idea de cómo sería yo al convertirme en padre. He ido aprendiendo gracias a ti.

Ahora, al ya no ser ese niño que contaba chistes y se reía solo, tampoco aquel que estaba lleno de energía y no sabía qué hacer con ella, veo a un hombre joven que está decidiendo qué hacer con su vida, construyendo proyectos para el futuro… Estás en esa época de la vida en que ves cada cumpleaños como una forma de acercarte a la adultez, etapa en la que crees podrás hacer lo que desees, mientras yo vivo tu nuevo año de vida en medio de una dualidad: celebro cumplir un año más contigo y comprendo que cada vez está más cerca el momento en que me dirás que te marchas a seguir tu propio camino.

En este y en cada cumpleaños, recuerda que estoy aquí para acompañarte, somos compañeros hasta que yo abandone esta vida, porque espero seguir el ciclo natural de la existencia y ser yo quien parta primero. No sabría cómo volver a sonreír si no ocurre de esa manera. Espero que el amor que hemos construido estos años se potencialice en los que siguen, y que cuando nuestros caminos tomen rumbos diferentes, cuando ya no vivamos juntos porque estés siguiendo tus sueños, nunca olvides que donde tú estés ahí estará mi hogar, y que siempre estaré aquí con los brazos llenos de amor, ese del que no tenía la mínima idea podría llegar a sentir hacia otro ser humano.


Carlos Agudelo Montoya

27 de febrero de 2020

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