• Carlos Agudelo Montoya

Día 5. En tiempos de incertidumbre

DESPEDIDA EN FA menor

           Había viajado fuera de su tierra, fuera de su país buscando su propio sueño. Durante toda su adolescencia y parte de su juventud anhelaba pisar tierras lejanas, hablar otro idioma, ver las obras de arte que siempre lo habían sorprendido y conocer las maravillas del viejo continente. Para el aventurero y arriesgado muchacho no hubo obstáculos para alcanzar sus planes, acababa de terminar su último semestre de universidad en artes plásticas, era la oportunidad antes de empezar su mundo laboral, no partió solo, logró convencer a tres amigos de infancia. Salieron a mediados del mes de febrero, durante un mes recorrerían la Europa de sus sueños, estarían en el viejo continente, aunque para ellos todo sería nuevo. Su primer puerto fue Madrid, caminaron, conocieron y se divirtieron en sus bares, pasaron por la puerta de Alcalá y tomaron imágenes de las murallas de Segovia en España. Luego en tren pasaron a Francia; caminaron bajo la Torre Eiffel, disfrutaron del museo Louvre y la catedral de Notre Dame, pisaron las huellas de Luis XIV en el palacio y los jardines de Versalles, todo hasta ahora se estaba cumpliendo, tal y como lo habían planeado.

          —Eso de la virtualidad no es tan real, ni tan emocionante; las aromas, la música, la esencia de cada lugar se puede respirar solo si está en él comentaban entre los amigos.

        De Francia, en autobús viajaron a Italia, navegaron en góndola en los canales de Venecia, admiraron el David de Miguel Ángel Bounarroti en Florencia; el colosal de cinco metros; una escultura en mármol blanco y que luego de 500 años estaba intacta, estar frente a él, es uno de los sueños de cualquier estudiante de arte, muchos desearían pasar algunos días en la cuna donde se crearon las grandes obras y donde habitaron los personajes que habían sido bendecidos con el poder de plasmar en sus obras la perfección del hombre. De allí, se trasladaron a Roma, en el gran coliseo donde los gladiadores luchaban hasta la muerte, para alcanzar reconocimiento social. Cada lugar les convertía en realidad lo que antes habían admirado en imágenes, solo les faltaba entrar y ver el Juicio Final de la Capilla Sixtina, llamada así gracias al papa Sixto IV. Cuando el grupo de jóvenes entre la muchedumbre entraron en aquella estancia, sus miradas solo buscaban la magnífica obra de Dios en su omnipotencia alargando su divino dedo índice y dándole el hálito de vida al hombre para que tuviese poder sobre todo ser vivo, tierra, agua, aire y suelo del planeta donde sería el rey, el poderoso, amo de toda criatura. Las miradas se cruzaban hasta que todas se detuvieron en el mismo lugar, el momento fue sublime, era increíble que estuviesen en la cappella Magna, en el mismo lugar donde se hacia el conclave para elegir al hombre que representa a Dios en la tierra, el papa, el lugar donde el gran pintor Miguel Ángel durante cuatro años entregó su alma en cada pincelada y, allí estaba Francisco y sus tres amigos, los cuatro extasiados ante tanta perfección. De pronto un silbato los interrumpió, uno de los guardias del vaticano les invitaba a salir en forma ordenada por el estrecho pasillo hacia el exterior. Todo fue silencio, ese era el mayor homenaje al pintor, empezaron a salir en forma ordenada pero apretujada, el alma de Francisco se había llenado, rebozaba de un no sequé, su cuerpo deseaba quedarse allí eternamente, los ojos inquisidores de las imágenes en la pintura parecían que lo miraban directamente, de pronto un miedo indescriptible se apoderó de su cuerpo, empezó a temblar y el llanto brotó de sus ojos, la multitud era tal, que nadie lo vio, sus amigos habían desaparecido de su vista, creyó escuchar una voz que le decía “huye, huye, todo está en tus manos”, un calor extraño lo inundó, de cada uno de sus poros el sudor empezó a brotar y en poco tiempo la humedad le cubrió su cuerpo, mientras salía se fue despojando de partes de sus pertenencias, sus pies desnudos le hicieron sentir el frío piso del vaticano, su cabeza daba vueltas, no sabía que virus extraño lo había atrapado, ¿sería el poder de ese aquel que llamaban Dios y que él se ufanaba de no creer?, o realmente entre tanta gente había cogido una extraña enfermedad, salió a la gran plaza de San Pedro, miró hacia lo alto, observó que el cielo gris cobrizo cubría la bóveda celeste, trató de encontrar en la multitud algún rostro conocido, no lo halló, una llovizna suave y ligera empezó a caer, se arrodilló, miró por un instante su ropaje sorprendiéndose que no era él, todo había cambiado por completo.

             —¿Qué estaba pasando? Se preguntó.

           Un perro callejero se le acercó, era su única compañía, empezó a caminar sin rumbo claro, había caído en la locura y no se explica el por qué. Había perdido sus pertenencias: pasaporte, tarjetas bancarias y celular, no era él, ¿entonces quién era?, se arrodilló, lloró y de su boca solo salieron oraciones alabando a Dios, sus palabras no las controlaba

            —“Hoy, 13 de marzo, ¡escuchen!, Jesús nuestro Dios lo ha profetizado, una gran tribulación antes de su nuevo regreso recaerá sobre los impíos, los injustos, los indiferentes, quienes sigan su camino, su verdad y su luz, no caerán bajo el poder del demonio, ni bajo la nefasta sombra de la peste. El demonio llegará puerta a puerta con nombre propio, el Coronavirus.

            Tomaba sus manos y las elevaba al cielo, mientras las gotas de lluvia lo cubrían por completo, sentía una leve mejoría frente a esa fiebre que lo tenía delirando, pensó en su mamá cuando niño le decía: “No se moje mijo que le puede dar una pulmonía”, pero no coordinaba sus ideas y de su boca volvía a comenzar el discurso ante los turistas que se agolpaban a su alrededor para escucharlo.

            —Su salvación será el amor por los demás, “Amaos unos a otros como yo os he amado”, Dios os está hablando.

         De pronto fue la atracción de periodistas, cámaras y fotógrafos, muchos lo escuchaban, Francisco esperó en silencio, cerró sus ojos, acarició el can que no lo había desamparado y le lamía sus manos, dejó que la lluvia y la bruma de la tarde lo llevara por su nuevo camino, luego que las sombras de la noche lo habían vuelto casi invisible, su rostro se animó cuando escuchó en un bar de la ciudad su canción clásica preferida, aunque extraño para él escuchar en un lugar como ese a Joseph, Haydn y su sinfonía N° 54 “Despedida” en Fa menor. “¿Es una señal que mi cordura había vuelto?pensó, miró hacia el interior del bar y quedó perplejo, se vio en la pantalla de un televisor plasma, era él, sin lugar a dudas, él en la plaza de San Pedro, el noticiero y el periodista afirmaba que el nombre del mensajero de Dios era Massimo Coppe, venía de Asís y que sus palabras habían sido proféticas, siete años atrás, el día en que fue elegido el nuevo papa, en un vídeo que tenían entre sus archivos. Francisco cayó al suelo, una tos seca lo atacó, le era casi imposible respirar, pensó en su familia y sus amigos, aceptó la voluntad de un Dios en que hasta hace pocas horas no creía, una lágrima rodó por su mejilla, y pensó: “Jamás volveré a mi patria”. Y en medio de su inconciencia, empezó a recordar el poema “Los motivos del lobo” de Rubén Darío, que de niño había aprendido en la escuela, lo repitió una y otra vez, mientras la sirena del vehículo lo arrulló y él caía en el abismo de las sombras de la peste.

MAE Marta Salcedo

(En los días de la incertidumbre #3)

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