• Carlos Agudelo Montoya

Día 7. En tiempos de incertidumbre

El tesoro del Valhalla

        En los tiempos en que el pirata inglés Sir Francis Drake invadía y tomaba la ciudad de Cartagena, los primeros días de febrero de 1586, tiene sus orígenes el mito que tanto aventurero, profanador y guaquero jamás dejó de dar por cierto.

        Previamente el capitán del barco, recién nombrado caballero en su natal Londres directamente a manos de su majestad la reina Isabel I, había dado instrucciones a su hombre de confianza para que iniciara una de las aventuras más peligrosas, increíbles e impensadas por sir Teótimo Ramcas. Nunca por su cabeza tapizada de plateadas canas creyó ocurrírsele emprender semejante locura.

         Por instrucciones del mismo capitán de la nave, sir Tino, como cariñosamente le decía su mujer y familiares, debía tomar cuatro de los esclavos negros que llevaba en la nave para transportar un pesado tesoro que en altamar habían robado a una embarcación española, destinado a manera de tributos para su majestad el rey de España Felipe II —el prudente—, hurtado a los indígenas nativos ubicados en el largo recorrido que desde Santa Marta había emprendido el abogado Sebastián de Belalcázar en su afán de encontrar metales preciosos en la ruta al mar del sur.

         La orden del capitán Drake tenía las características de ser clara y precisa. El hábil navegante inglés ya había analizado la fuerza con la que un rio, cuya desembocadura se encontraba en Castilla de Oro y penetraba casi cinco leguas al mar, el gran rio del Darién o rio Nive, y que más tarde tomaría el nombre que los comerciantes o tratantes de ébano o de esclavos, al llamarlo “rio de la trata”. Gracias a ese cálculo, había seleccionado una embarcación de bajo calado, pequeña, parecida a los bergantines españoles, y que pudiera internarse rio arriba.

         Sir Tino debía salir a la alborada, recorrer tres días y dos noches y al atardecer del tercer día debía buscar al oriente del desembarcadero un lugar imperecedero, preferiblemente una gran roca, visible desde la orilla, que por ningún motivo la fuerza de 1000 hombres o 300 bestias pudiera remover de su lugar, allí en la roca debía esculpir el símbolo del cristianismo, desde ese punto debía medir con su brújula 17 grados al oeste, contar 17 pasos y allí enterrar el tesoro, la altura que tomara el catalejo debía inscribirse en dos pergaminos distintos con pluma y vinagre.

          La alocada aventura que sir Tino emprendía, tuvo su inicio la noche anterior en la litera del capitán Drake, mimetizando el tesoro en cuatro odres de cuero dobles para vino de 50 kilogramos cada uno, para que no generara suspicacias entre los esclavos y remeros que acompañaban al experto navegante.

         Justo al alba, inició su travesía sir Tino, rio arriba, por una torrentosa corriente de agua dulce desconocida. Luego de larguísimos dos días y dos noches navegando contra corriente, en la madrugada del tercer día, habían llegado hasta un lugar que los nativos llamaban Gioró. Allí se quedaron los remeros, sir Tino y los seis esclavos abordaron una embarcación más liviana por un rio tributario, en la tarde llegaron a un sitio llamado Chitar, según las indicaciones del capitán Drake, desembarcaron y sir Tino divisó un peñasco que quedaba a unas diez leguas y ejecutó el plan bajo el más estricto apego a las instrucciones. Sir Tino tuvo la precaución de hacer dos mapas de igual nivel de detalle, en pergamino y bajo un encriptado que estuvo planeando durante los dos días de navegación rio arriba, uno de los pergaminos escritos con las indicaciones del tesoro, en un idioma vikingo extinto, aprendido por sir Tino por tradición familiar, cayó de la armadura del noble inglés en la playa del rio. Dos días más tarde, dio orden cumplida al capitán Drake, entregó los pergaminos, dándole poca importancia a la pérdida accidental de uno de los escritos, y para evitar llamados de atención, durante el regreso, reposado, hizo el faltante.

CARAM

Carlos Alberto Ramírez Ramírez



 

Las cuatro estaciones

“Todos los fenómenos de la vida, desde la tormenta eléctrica, el terremoto casual, el éxito de las cosechas, la escasez de lluvias, la enfermedad, la peste y la muerte, se han definido como la voluntad de Dios o la malicia del diablo”

         Durante un largo rato, me quedé allí, sentado, observando la extensa planicie, la hermosa vegetación de frailejones de todo tamaño, me extasiaba, dejándome casi sin aliento. La noche caía anunciada con un rojizo atardecer que se perdía en el horizonte, el cielo estaba tan cerca que sentía estar en un lugar mágico, las nubes tocaban plácidamente los arbustos paramunos y la llovizna helada caía sobre sus hojas afelpadas tratando de esconder su tesoro de vida, el agua.

          Entre más admiraba sus formas y colores, el verde y el azul se hacían más intensos a mi vista y el dorado brotaba en múltiples rayos de cada uno de los centenarios frailejones, era una experiencia inusual, mi energía fluía a pasos agigantados, todo era de un maravilloso matiz, mientras abruptamente, el silencio fue invadido por una torrencial fuente de agua que solo estaba en mi imaginación o tal vez en un lugar que mi vista no alcanzaba a enfocar. La noche cayó tan rápidamente que, en segundos, el día desapareció y la sombra de la oscuridad atrapó todo, en el firmamento, una luna tímida entre las nubes se dejaba ver, igual cómo desapareció el día, en un instante su luz plateada invadió el lugar, luego, cientos de luciérnagas empezaron a revolotear cerca de mí, impulsándome a caminar hacia un lugar escondido entre los gigantes peñascos del páramo, parecían colosos de piedra estáticos y vigilantes de cada uno de mis movimientos, mis pasos se tornaron inseguros, temerosos y en milésimas de segundos una ráfaga de algo que no puedo describir invadió mi cuerpo, estaba henchido de una paz y un amor que no logro definir, yo era parte de esa naturaleza y todo lo que me rodeaba estaba en mí, éramos un todo inseparables: los frailejones, el viento, el prado húmedo, las luces de las pequeñas luciérnagas, los rayos plateados de la luna y una luz dorada que salió entre las grietas de las rocas, que cubrió mi cuerpo. Mi respiración se hizo lenta y pausada, no quería salir de ese letargo, cierro los ojos por un momento temiendo despertar de un sueño maravilloso. Todo era calma y placidez, no sé cuándo, pero en el ambiente irrumpió un sinfín de melodías de la naturaleza como una orquesta finamente organizada, el croar de las ranas y el canto de los grillos, el aleteo de las polillas y luciérnagas, el silbido de uno que otro ser habitante de ese lugar, era increíble y, yo, un hombre que había estado en la búsqueda de la felicidad por más de sesenta años, por fin la había encontrado, allí. Miré el firmamento y un millar de luces estelares me acompañaban, pensé por un instante, ¿en qué otro lugar del universo existirá un lugar como éste? Siempre he creído en la vida fuera del planeta tierra, he intentado no ser uno más, por eso el cuento de mis viajes solitarios buscando algo extraordinario, y hoy, en este páramo, bajo ésta bóveda colmada de estrellas, estaba sucediendo, miré hacia suelo, estaba traslúcido y bajo mis pies surcaba un río cristalino que fluía estrepitosamente entre las rocas y más allá, en una de las colinas una luz resplandeciente y dorada, caía como polvillo mágico. Hacia el fondo del valle una luz verde esmeralda me indicaba unas grietas completamente saturadas de la piedra preciosa, estoy en medio del paraíso. Vuelvo mis ojos al lugar donde las luciérnagas me llevaron y ante mí, un frailejón negro con su borde dorados se agitaba ante la suave brisa del páramo

           —Pero ¿cómo? —me pregunté.

         ¿Cómo podría existir un frailejón de ese color?, los hay verdes, grises, amarillos, pero negros jamás había oído de ellos, valió la pena huir del caos de la ciudad, huir del virus que está acabando con una humanidad insolente que olvidó el lugar que ocupaba en el universo, valió la pena subir y serpentear por tantas horas para llegar a la puerta de este lugar mágico o tal vez sagrado, era realmente increíble, levanté mis brazos y me sentí extraordinariamente liviano, parecía flotar.

         —Cualquiera diría que consumí alguna planta alucinógena, pero no es así —me repetí sonriendo y en voz alta.

         Una melodía clásica salía del fondo de un socavón, ¡no estaba solo!, habían otros allí, agucé mi oído y pude distinguir las notas del concierto de Antonio Vivaldi, eran sus Cuatro Estaciones, recordé la primera vez que la escuché, era muy joven, acompañaba a mi padre, las imágenes bucólicas de cada una las estaciones eran proyectadas en un gran mural mientras el grupo de más de 100 músicos de la filarmónica de la ciudad la interpretaban.

          —¿Quién estaría escuchando la melodía de Vivaldi en tan paradisiaco lugar? —me pregunté.

         Escucharla me lleva a muchos años atrás cuando en los hombros de mi padre visité éste mismo lugar: La ciudad perdida, la laguna verde, la laguna roja, que según mi padre adquirían ese color por las algas que en su fondo habitaban, cuando los dos vimos ese primer ciervo de cola blanca y corrimos tras él. ¡Lindos recuerdos! Y suspiré por ellos, por mi padre, sus enseñanzas y por esta experiencia. El páramo era un lugar único. Así como inició la sinfonía de igual manera terminó, el silencio volvió a ser mi única compañía, miré hacia el fondo del socavón y una luz intensa salía de él, me arriesgué a adentrarme, me dije en voz alta para darme confianza.

          —No debo tener temor alguno, quien escucha ese tipo de música está por sentado que es una excelente persona.

        Traté, desde lejos de identificar la silueta que a contraluz se dibuja en el interior, caminé lentamente pero tranquilo y seguro, la luz era muy intensa…

           —¿Qué tipo de batería tendría que concentraba la luz? pensé, nuevamente la música invadió el espacio, pregunté —¿Quién es? —la respuesta fue simple y extraña.

            —¿Me has olvidado? ¿Soy yo, acaso no reconoces mi voz?

         Entre asombro y sorpresa no podía creerlo, era él, era mi padre…. Una voz irrumpió, retumbando desde la entrada del socavón.

         —¡No hay nada más que hacer! ¡Desconéctenlo del respirador!, es la víctima 20.551. ¡Maldita enfermedad!

MAE

(Marta Salcedo “En los tiempos de la incertidumbre” #4)

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