• Carlos Agudelo Montoya

De madrugada

Abro los ojos. La habitación está en penumbras. Controlo el impulso de tomar el celular y mirar la hora. A veces es medianoche, otras veces es ya de madrugada. Cierro los ojos buscando que mi cuerpo sea quien me confirme si debo levantarme sin importar la hora. La oscuridad está acompañada del silencio. Aunque no estoy solo, necesito que nadie más esté ahí hablándome, que nadie más se levante de la cama, que nadie me hable, que nadie me diga buenos días o me invite a dormir de nuevo.

Salgo de la habitación procurando no romper el silencio. Veo entre penumbras, vivo en la ciudad, así que no existe la oscuridad total, la vida citadina la impide. Pareciera que la civilización le temiera a la oscuridad, tal vez en ella estén ocultos cada miedo que busca robar la tranquilidad al ciudadano. Cierro la puerta con cuidado y abro la del cuarto contiguo. Camino sin encender aún la luz porque conozco el recorrido y sé dónde está cada objeto para no chocarme con este. Antes de hundir el interruptor de la lámpara, corroboro que el celular continúe en No Molestar, así confirmo que los próximos minutos, tal vez una o dos horas, serán solo para mí. El mundo exterior no existe.

Presiono el encendido de la CPU y luego el de la pantalla. Me siento somnoliento. Debería volver a la cama. Buscar otro momento, uno con la luz del día tal vez, en cual sentarme frente al computador. Pero sé que cualquier otro momento está lleno de vida, alguien me preguntara cómo estoy, otro me consultará sobre cualquier dato que necesite, alguien más me enviará un mensaje de voz y estará esperando que le responda. Pocos esperan recibir una respuesta en la madrugada, pero el resto del día, si no se contesta se corre el riesgo de pasar por maleducado. Antes, aunque en realidad hasta hace poco, eso me importaba. Ya no. Ahora me pregunto con qué derecho uno le escribe o le habla al otro en cualquier horario sin haber concertado previamente un encuentro o un espacio de diálogo. Ahora, porque en una pantalla el otro o uno mismo lee En línea, nos consideramos con derecho de hablar, de invitar a una conversación. Del otro lado desconocemos si se está ocupado o simplemente no se siente el deseo de conversar, de hablar, de explicar…

Releo las últimas páginas y me introduzco en la historia. A medida que la luz se filtra por la ventana, comprendo que el tiempo se me agota, que tendré que parar en algún momento, que la vida llegará con sus sonidos, que escucharé una invitación a desayunar o unas palabras que me recuerdan que no estoy solo.


Medellín, 18 de mayo de 2021

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