• Carlos Agudelo Montoya

Del derecho a estar desconectado

Si cuando era adolescente o en mis primeros años de universidad alguien me hubiera hablado del derecho a estar desconectado solo me habría llegado a la mente imágenes relacionadas con la eutanasia o la decisión libre a tener una muerte digna. Ahora, un poco más de veinte años después, las imágenes están vinculadas con no publicar constantemente en redes sociales, no hacer comentarios ni dar likes o solo tener alejado el equipo celular sin estar disponible a contestar llamadas o mensajes.

En dos décadas cambiamos el sentido de la existencia, crecí con el temor a morir por un carro bomba o una bala perdida en medio de algún enfrentamiento, o el miedo permanente a ser confundido con alguien que buscaban para asesinarlo. Hechos que les podrían parecer conocidos a quienes pertenezcan a mi generación.

Tal vez porque a medida que pasaron los años sentí que estaba casi a salvo, no me puse los obstáculos que otros se colocaron: mi miedo al fracaso no fue tan fuerte como para evitarme actuar, ya que al fin y al cabo había vencido a la muerte adolescente y aún seguía vivo. Al estar rodeados de muerte, hallamos, sin buscarlo, el valor de la vida y la alegría de tener cada día una nueva oportunidad. Gran parte de mis amigos de infancia y adolescencia aprendieron a celebrar ese milagro, y aún hoy conservan ese ímpetu por la música, el baile o la fiesta. Por mi parte, al hallar amparo en los libros, recorrí otros caminos que me tienen hoy a miles de kilómetros de distancia de quien pude haber sido.

Para mí, existir no está relacionado con los likes o comentarios que reciban mis publicaciones, aunque no puedo negar que reconozco la sensación de satisfacción que se siente al ver que otros se tomaron algunos segundos para ver lo que compartí en alguna red social, de alguna manera da cierto regocijo al ego. Pero soy poco ambicioso al respecto. Treinta likes me hacen sentir importante y con ello cumplo la cuota de hedonismo virtual.

Ahora bien, hasta el punto final del párrafo anterior cumplí los caracteres que recibe una de las redes sociales más famosos en la actualidad, aunque por ahí me llegan comentarios que dicen que ya está desactualizada, que para existir se debe estar en una nueva plataforma. Es posible que una parte de los lectores se haya detenido en el párrafo anterior, si es que se atrevieron a llegar hasta allí. En esta nueva existencia virtual todo es corto y rápido, lo que facilita que sea cada vez más efímero.

He intentado recordar alguna publicación que haya visto o leído, pero solo logro traer a mí la que vi segundos antes de comenzar a escribir este texto. En cambio, sí puedo hablar de cuentos y novelas a las que le he dedicado tiempo, cuya lectura me mantuvo desconectado. Tú, que sigues leyendo, ¿podrías recordar una publicación que no sea la de los últimos minutos o del día anterior? ¿Recuerdas, por otro lado, alguna lectura de una obra literaria y lo que sentiste mientras leías?

Entonces, para mí, y sueño con que para muchos otros, estar desconectado, más que un derecho, es un giro trascendental para cambiar el sentido de lo que significa existir hoy en día. Hay campañas que invitan a dejar los celulares cuando se está en familia o cuando se comparte una comida con los amigos, mensajes que nos dicen que miremos a los ojos al que está hablando con nosotros en lugar de las pantallas.

Me niego a ser obligado a existir a través de mi participación virtual. Quiero conversar más con mi familia y mis amigos, con mis estudiantes y compañeros; deseo leer obras extensas y escribir textos que resistan más de cuatrocientos caracteres. Voy a reclamar el derecho a desconectarme para estar más conmigo mismo. A pesar del temor que pueda sentirse al quedarse solo consigo mismo y con los pensamientos que dan vueltas en nuestra mente, vale todo el tiempo que pueda dedicarse a ello. Si no, ¿qué sentido tendría la existencia si no somos capaces de estar en silencio con un libro o con las preguntas que de alguna u otra manera nos definen?


Imagen: Eduardo Estrada. Períodico El País.

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