• Carlos Agudelo Montoya

El simple hecho de contar bien una historia

Actualizado: 8 mar 2020

Cazando luciérnagas y otros cuentos

Carlos Franco (Bogotá, 1974)

Ediciones B

Bogotá, 2013

Premio Nacional de Literatura 2012


Escribir bien una historia es diferente a escribir una buena historia. Es muy común que las personas que no escriben literatura consideren que para hacer un buen cuento solo se necesite una buena historia. Incluso hay mucho ser generoso por ahí que regala historias para que un escritor amigo o conocido pueda tener en su bibliografía un cuento que valga la pena leer. Lo normal es que al terminar el relato le digan al escritor: “Ahí le regalo esa historia tan buena, lo único que tiene que hacer es escribirla”.

Y es en esos momentos cuando surge la pregunta sobre cómo es vista la creación literaria en la sociedad. Porque que te digan: “lo único que tiene que hacer es escribirla”, suena a que lo más importante de la literatura es la historia y los escritores simplemente se dedican a buscarlas y luego a pasarla en un papel o una pantalla. Pero quien haya hecho el ejercicio de narrar un cuento sabe que lo más importante al momento de escribir no es el qué se cuenta sino el cómo se cuenta. Por eso, como lector valoro más las historias bien contadas que las buenas historias.

Tal vez sea una exageración de mi parte, pero creo que son pocos los libros de cuentos que cumplen estas características, muchos caen en los trucos y las soluciones efectistas que para mí no tienen nada que ver con una historia bien escrita. En este sentido, Cazando luciérnagas es de ahora en adelante un libro al que volveré para sentir el placer de leer una historia bien contada. Sus trece cuentos le permiten al lector una variedad de narraciones que lo mantendrán pegado al libro hasta llegar a la última línea.

Como la experiencia estética la vive cada lector, es difícil decirle a quien vaya a tomar el libro y sumergirse en sus historias qué sentirá con cada cuento. De modo que solo les podré contar qué pasó en mí cuando leí estas narraciones.

En un principio, cada historia se presenta a través de una narración simple. Desde mi punto de vista la simpleza en la obra literaria es una virtud y no una falencia, como podría suponerse. Existe una gran variedad de obras que utilizan artificios para atrapar al lector, pero en el fondo muchas de estas creaciones no trasciende y el efecto es momentáneo. Así cuando uno vuelve a ellas ya sabe de antemano qué esperar de la lectura. En cambio, cuando las narraciones son simples y contundentes, se puede volver a ellas con la seguridad de que se encontrará algo nuevo tras cada lectura. Tal cual me pasó con el libro de Carlos Franco.

Leí por primera vez Cazando luciérnagas durante los días de la Feria del Libro de Bogotá, en un mes de abril, en ese momento sus cuentos me llamaron la atención, tanto que utilicé uno de ellos para hacer el examen final de una materia. Al terminarlo coloqué el libro bajo la pantalla de mi computador con la intención de escribir, durante esos días, una reseña. Pero el trabajo me fue absorbiendo y fueron llegando otras lecturas y más libros que comenzaron a hacer fila hasta que al fin me sentara a escribir sobre lo que pasó en mí tras su lectura.

Cuando llegó el día de escribir la reseña, tomé el libro en mis manos para ojearlo y hojearlo, hasta que, sin darme cuenta, había leído los primeros tres cuentos, y no pude parar hasta leerlos todos otra vez.

“Años de experiencia” es el primer cuento. En la mitad de este, Carlos, el protagonista, comenzó a parecerse a mi padre. Imaginé al viejo durante la época que conseguir trabajo se hizo una labor cada vez más difícil. Esa sensación la he sentido una sola vez en la vida, pero mi padre la vivió durante varios años. Así que Carlos se me pareció tanto a él que de entrada deseé leer todas las demás historias.

El segundo cuento, “Moderadamente bueno”, fue como una reconstrucción en mi mente de momentos de la adolescencia. Todos en algún pasaje de la vida hemos querido caerle bien a otros, hacer amigos y pertenecer a un grupo. Sentirnos especiales porque tenemos amigos. Así que mientras Pedro inventaba una vida diferente a la suya para que sus “amigos” no lo abandonaran, me vi rodeado de mis compañeros de adolescencia en las calles del barrio donde crecí.

Cada cuento me dio una imagen de la vida, algunos me trajeron recuerdos y otros me crearon mundos posibles. Por ejemplo, “La música de los ángeles” es un cuento, disculpen la palabra si les parece un cliché, magistral. Lo digo así porque la forma cómo está construido me recuerda a los mejores cuentos de Chéjov. Los personajes se van enredando en algo que no comprenden y el protagonista se deja llevar por lo que le trae la vida, aunque corre el riesgo de quedarse sin nada. Este cuento es el vivo ejemplo de escribir bien una historia. De aprovechar lo mágico que hay en la narración simple sin artificios ni giros sorprendentes para atrapar al lector. En apariencia no ocurre nada extraordinario, pero en realidad se está desmoronando una vida: el acontecimiento más importante de la literatura. En este mismo sentido, disfruté mucho “El número nueve” y “Cazando luciérnagas”; los dos cuentos enfrentan al protagonista, que en ambos casos es un hombre, a tomar una decisión que posiblemente definirá lo que será su vida de ahí en adelante. A través de las palabras del narrador le queda muy fácil al lector imaginar las situaciones e, incluso, vincularse con las desventuras de los protagonistas.

Al llegar a la última línea del libro se hace un alto en el camino, cada narración de Cazando luciérnagas muestra un mundo independiente que al verlos como un todo se siente que las historias no pudieron escribirse de otra manera. Cada palabra, cada giro narrativo, cada conflicto al que se enfrentan los personajes, cada final del discurso, hacen que este libro de cuentos de Carlos Franco tenga los méritos para haber obtenido el Premio Nacional de Literatura en 2012 y un puesto dentro de las obras fundamentales del cuento colombiano, pero más allá de eso, Cazando luciérnagas es un libro que confío llegará a la profundidad de cada ser humano que se arriesgue a leerlo.


Carlos Agudelo Montoya


Foto: @andreslopezvideomaker

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