• Carlos Agudelo Montoya

Las palabras

Escritos a mi hijo (III)


Hijo, a la edad que tienes hoy ya debes haber enfrentado situaciones generadas por el uso correcto o errado de las palabras. ¿Has pensando la importancia que estas tienen? Está comprobado que vivimos con otros, en comunidad, gracias a la comunicación que establecemos a través del lenguaje. Y esta comunicación se basa, principalmente, en las palabras y las construcciones de sentidos que hacemos con estas. Por ello, debemos estar atentos a las palabras que salen de nuestra boca, al orden en las que las pronunciamos y, no menos importante, al tono con que las decimos.

Hay palabras que pronunciamos con más facilidad que otras. Por ejemplo, decir ‘yo quiero’ resulta más fácil que decir ‘perdón’. Decir ‘recuerdo’ es más fácil que ‘olvido’. Es más sencillo herir con las palabras que sanar a través de ellas. Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Cuál es el poder que tienen las palabras? Los seres humanos poseemos una capacidad que los demás seres vivos no tienen o no han aprendido a manejar: crear a través del lenguaje.

Cuando nombramos algo le damos vida. Por ello es fundamental que un bebé tenga su nombre; así como es importante nombrar los sentimientos y las emociones, aunque en ocasiones preferimos callar porque sabemos de manera casi instintiva que la palabra es creación. Entonces, cuando nombramos una emoción, como el miedo o el amor, a la vez la aceptamos y una sensación especial nos invade, lo que abre un camino de comprensión.

De igual manera, ten presente que los seres humanos cuando desarrollamos el lenguaje y su poder creador, no solo lo hacemos en positivo, porque llevamos la inventiva hasta el punto de crear la mentira; es fácil utilizar las palabras para beneficiarse, usando a los demás o incluso manipulando nuestras propias emociones. Existen frases hermosas que nos cautivan, enamoran o persuaden, para luego descubrir que eran palabras sin fundamento. Esto ocurre, porque la forma en que pronunciamos o el tono en que escribimos genera en cada palabra un significado, un sentido, que el otro tiene la libertad de interpretar a su manera. Por ejemplo, piensa en las palabras “te odio”. Cuando le haces una maldad a un amigo y esta no trae consigo dolor, sino una especie de diversión entre cómplices, te las pueden decir con una sonrisa y tú interpretarlas no como odio sino como aprecio. Pero si has hecho sufrir a alguien y pronuncian ese ‘te odio’ acompañado del llanto, comprendes que es una manifestación de dolor.

Las palabras, entonces, son la tecnología más importante creada por el ser humano. Por tal motivo, es nuestra tarea aprender a usarlas, no solo para obtener beneficios a través de estas, sino también para entablar una red de relaciones sociales desde la honestidad, el respeto y la empatía; es decir, busca con las palabras además de tu beneficio, también el de quienes te rodean. Aunque esto parece complicado, en realidad puede llegar a ser sencillo. Es cuestión de desear siempre que las palabras sumen en lugar de que resten. Tampoco existen fórmulas que te permitan lograr esto, no obstante, es posible acordar algunos comportamientos.

Uno que me ha funcionado es pensar antes de hablar. Es decir, buscar las palabras adecuadas para expresar mi emoción o trasmitir mi forma de pensar. Aunque, como has sido testigo, no siempre lo he hecho bien. En muchas ocasiones me he equivocado a pesar de tener buenas intenciones. No obstante, las palabras también sirven para decir lo siento, me equivoqué y aprender poco a poco a no cometer los mismos errores.

Al psicoanalista Jacques Lacan le atribuyen una frase que nos sirve para hablar más sobre esto: “Usted puede saber lo que dijo, pero nunca lo que el otro escuchó”. Es una frase que aunque en la primera impresión parece que le quita la responsabilidad al que habla, no es así, si bien no podemos controlar lo que el otro entiende cuando le decimos algo, es nuestra tarea tener clara la intención de nuestras palabras, porque de esa manera ayudamos al otro a comprender el mensaje. Una de las bases de la comunicación es conocer bien el propósito del acto comunicativo, de modo que si sabes qué quieres decirle a alguien, elije las palabras adecuadas.

Finalmente, aunque no es el tema que nos convoca en este texto, intenta, hijo, en toda ocasión que tus palabras estén acompañadas siempre por actos que hagan que los demás te vean como una persona coherente; procura, de igual manera, despertar empatía por y en quienes te rodean, actitud que lograrás sostener a través de las palabras. Con los años entenderás que tu palabra se convertirá en la mejor forma de presentación para los demás, quienes te valorarán o juzgarán por el uso que hagas de ellas. Sé justo y asertivo. Pero cuando no lo logres, recuerda reparar el error a partir de palabras, seguidas posteriormente por tus actos.

Aprovecho, entonces, para disculparme por las ocasiones en que mis palabras no han sido las mejores. A pesar de los años que te llevo, aún tengo mucho por aprender.


Carlos Agudelo Montoya


Fotografía: Sandra González, Juliana y Daniela Cardona González

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