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  • Foto del escritorCarlos Agudelo Montoya

Lo aprendí una noche

Actualizado: 20 ene

Era casi media noche. No sabía cuánto había avanzado el bus desde que salió de Puerto Berrio hasta que se detuvo y ordenaran que todos descendiéramos, a lo mejor me había dormido gracias al cansancio y al hambre que sentía desde hacía horas. Fui al baño y bebí agua. No tenía dinero, nada. Solo logré conseguir prestado lo del pasaje; el bus me dejaría en la autopista, cerca de la cancha Panamericana, y desde allí caminaría hasta mi casa. Una media hora de recorrido. No pude avisarles a mis padres del viaje, sabía que cada noche colocaban el seguro en la puerta, por lo que tendría que tocar, y como no quería asustarlos, mi plan era esperar a que mi padre se despertara a eso de las seis de la mañana. Siempre fue un madrugador. Un hábito que le heredé.

Al salir del baño me invadió el olor a comida. A lo mejor suspiré. El estómago me acosaba. Durante los meses que llevaba en el batallón me acostumbré a horarios fijos de alimentación, algunas veces me fui a la cama sin comer, pero no por castigos ni porque no alcanzara la comida, ocurría cuando salía con mis compañeros a recorrer las calles, vestidos de civil. Un momento de “libertad” valía la pena y el hambre. Caminé cerca de las vitrinas, me deleité observando los chuzos de cerdo, los chorizos, las arepas, las almojábanas… Di media vuelta y regresé al baño, bebí más agua.

No sentí cuando un hombre se acercó al lavamanos del lado. Cerré la llave.

—¿Estás prestando servicio? —me preguntó.

Lo miré. Era el año 1997, la zona desde donde partí no era fácil en esa época, y nos habían advertido que evitáramos peligros durante nuestras licencias: “puede pasarles cualquier cosa”, decía el sargento y luego se reía. A lo mejor me delató el motilado o…

—Te vi subir en la terminal. No pasa nada.

Lo observé otra vez.

—Sí, estoy prestando servicio —preferí no mentir.

—Entonces, ¿de permiso, ah?

—Sí.

—¿Tienes hambre?

Sí, tenía hambre, pero moví la cabeza de forma negativa.

—No te creo, hace un momento te vi pasar por los mostradores. Ven, te invito a comer algo, sin compromiso de nada. Uno debe ayudar cuando puede.

Intenté decir que no, pero el hombre caminó fuera del baño sin esperar otra respuesta. Lo seguí.

Tal vez fue el hambre, o a lo mejor mi intuición me dijo que no corría peligro, pero estuve atento mientras el hombre pedía un chorizo con arepa y una gaseosa, los pagó, los tomó en la mano y luego me los entregó.

—Buen provecho —dijo y se marchó hacia otra mesa.

Observé la comida un momento. Luego tomé de la gaseosa y devoré el chorizo con todo lo que lo acompañaba. A lo mejor en esa época nació mi gusto casi visceral por los chorizos conocidos como “no me olvides”, esos que te generan recuerdos durante horas.

Cuando me sentí satisfecho volteé a mirar y vi al hombre en una mesa distante, dándome la espalda. Caminé hacia él y le agradecí.

—No es nada, hay que calmar un hambre cuando está en nuestras manos.

Esa frase se me quedó grabada y la aplico cada vez que me es posible. Cuando estoy sentado en algún lugar comiendo y alguien pasa vendiendo dulces o cualquier baratija, suelo preguntarle que si desea comer algo y lo invito a sentarse. Si bien no tenemos la opción de eliminar los males que aquejan a los demás, es posible que durante unas pocas horas los enfrenten con el estómago lleno. Así como terminé yo el viaje de aquella noche.

La empatía es algo que deberíamos ofrecer sin condiciones, no sabemos cuáles batallas enfrentan los demás, a veces ni siquiera aceptamos las nuestras. Entonces, extender la mano un momento a quien lo necesita no va a cambiar el mundo, pero sí podrá regalarle al beneficiado momentos de alegría. En más ocasiones de las que estamos dispuestos a aceptar, la alegría, la esperanza están en ese instante en el que no nos sentimos solos.

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