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  • Foto del escritorCarlos Agudelo Montoya

Pieza de museo

En mi infancia no conocí ningún museo, creo que el primero que visité debió ser el de biología de la Universidad de Antioquia, y asumo que fue en algún momento de mi adolescencia, tal vez durante la época de colegio. Los museos en sí no fueron parte de mi crecimiento, por lo que no tenía previamente algún vínculo o interés por ellos. Pero luego les tomé gusto y me encanta visitar todos los que pueda en los lugares a los que viajo.

Antes del siglo XX eran muy pocas las personas que podrían darse el lujo de viajar a conocer lugares y culturas, por ello una de las formas en las que se encontraban con ese otro distante era a través de un museo. Aunque estos existen desde la antigüedad, no nacieron como los conocemos hoy en día, sino como una especie de interés coleccionista. En la antigua Babilonia el rey Nabucodonosor II agrupó sus botines de guerra en lo que dicen era denominado como una colección de las maravillas de la humanidad. Una humanidad bastante reducida si tenemos en cuenta la expansión de Babilonia o el mundo conocido para el siglo VI a.e.c. En las culturas antiguas que influenciaron occidente se fue consolidando la idea de museo. En Grecia se exponían obras de arte, la expansión del Imperio Romano permitió agrupar colecciones bastante interesantes, que no eran abiertas al público. Durante la Edad Media el cristianismo compiló una gran cantidad de objetos, algunos sagrados para su doctrina, otros tomados de culturas con creencias religiosas diferentes, pero unas y otras permanecieron para unos pocos y en su mayoría solo con la idea de atesorar. Es hasta el Renacimiento —cuando comienza el giro hacia el ser humano como centro del conocimiento— que nace la valoración cultural, histórica y artística. Pasarán siglos de exploración y construcción de ideas hasta llegar al concepto contemporáneo de museo.

Circula por ahí una fotografía de un hombre caminando de espaldas mientras lleva a cuestas una columna parecida a la del Panteón Griego, al lado reza una frase: “Turista británico promedio”. Hasta no hace muy poco tiempo, las culturas dominantes de Occidente trasladaron a sus museos piezas de los diferentes territorios que eran parte de sus imperios, es así como para conocer apartados de la historia del Antiguo Egipto, la Grecia Antigua, el mundo aborigen de África, Oceanía y América, es necesario viajar a Londres, París, Roma, Madrid, etc., sin la aparente necesidad de conocer las culturas de primera mano. De igual manera, se dice que durante la Segunda Guerra Mundial, primero Alemania y luego los países Aliados, saquearon colecciones privadas y museos de arte e historiográficos para sus beneficios nacionales, si no lo hacían en realidad para sus líderes y personas más cercanas.

Ahora bien, la realidad contemporánea está generando un giro significativo al respecto: en lugar de trasladar a las principales ciudades del mundo la historia y el arte de las culturas del planeta, en cada país, en cada ciudad, se están levantando museos locales para el disfrute del turista. En Colombia, por ejemplo, hay museos de las culturas tradicionales en varias de las ciudades y en muchos de los municipios. Cuando se visita el Eje Cafetero se pueden conocer museos dedicados a la producción del café, en Barranquilla hay un museo del Carnaval, al igual que en Riosucio (Caldas)… Hace unas semanas visitamos por primera vez el municipio de Sonsón, y me sorprendió que en un territorio tan pequeño existieran por lo menos cinco museos. De su gran variedad, me gustó el de la tradición antioqueña, no porque hable de una cultura en específico, sino porque habla de su cultura, de cómo se vivía en el territorio, cómo se conformaban las familias, cómo era una cocina…

En ese momento tomé las primeras notas para escribir este texto, me sorprendí al estar caminando dentro de un cuarto habitado hacía más de un siglo, ver una cama que a su vez servía de espacio de velación —con sus lugares para ubicar las velas— cuando su usuario habitual fallecía… Somos la historia que nos precede, aunque nos obstinemos en negarla y olvidarla, somos el resultado de las decisiones que tomaron nuestros antepasados, y aunque a veces busquemos distanciarnos, somos hijos de la cultura en la que nacimos.

Por ello, aunque no es para cambiar nuestra forma de afrontar la vida, tal vez deberíamos prestarles un poco más de atención a lo que vamos dejando atrás: el lugar que habitamos, nuestra habitación, nuestra casa, así como los utensilios que hacen parte de la cotidianidad, incluyendo nuestra ropa, porque es posible que en un futuro, al parecer no tan lejano, otros sientan curiosidad por esta vida tan poco extra-ordinaria que nos tocó. Pensándolo bien, toma sentido hacernos conscientes de nuestras huellas, no para los turistas —esos seres tan devoradores que a veces solemos ser—, sino para nuestra familia; quién quita que un tataratataranieto de algún hijo de vecino se anime a conocer un poco de eso que fuimos.


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