• Carlos Agudelo Montoya

Proemio

Cuando el noticiero cambió a otra información, Él permaneció estático en su silla, ¿qué había acabado de escuchar? ¿El mundo se detenía? Ese mundo que le pedía organizar su tiempo de la manera más eficiente para cumplir con todos los compromisos: laborar, planear las actividades, ser padre, hacer deporte, hablar con la familia, escribir, estudiar, leer, cocinar… en fin, tantos compromisos que debido al ritmo frenético de la existencia, vivida hasta ese día, no le permitían disfrutar de ninguno, solo cumplir los tiempos señalados, ¿ahora le decía que se encerrara, que cuidara de los suyos cuidándose así mismo? ¿Tenía eso algún sentido?

Se obligó a ponerse de pie y caminar por la estancia. ¿Tenía todo lo necesario para sobrevivir al encierro? Debido a sus rutinas estaba acostumbrado a pasar tiempo en casa. Pero, ¿en realidad era tan grave la situación como para hacer caso a las indicaciones?

Hablaban de una enfermedad que venía de Oriente, por lo que le fue inevitable recordar a Boccaccio. La Peste Negra también llegó de Oriente y acabó con casi la mitad de los habitantes de Europa en menos de cinco años. Solo que eso había ocurrido hacia casi siete siglos, no podían estar tan poco preparados para otra enfermedad, ¿o sí? ¿Acaso no habían aprendido nada durante tanto tiempo? Al igual que en El Decamerón todos debían aislarse, protegerse a partir de evitar el contacto físico con los demás, un plan de contingencia para que la enfermedad tuviera los menores efectos posibles. Una sociedad acostumbrada a la vida en el exterior, trabajar fuera de casa y buscar la alegría en los demás, tendría dificultades para cumplir con lo que se le estaba pidiendo.

La lectura y su trabajo le habían enseñado que no sería el único que estaría lleno de preguntas, allá afuera estaban otros que querrían escuchar o leer a alguien que los sacara de esa pequeña angustia que comenzaba a crecer en el pecho. Desde que los humanos comenzaron a vivir en sociedad, habían acudido siempre a la palabra para comprender lo que vivían o pensaban. ¿Sería una osadía tener ese pensamiento? ¿Creer que habría otros esperando con quien hablar o a quien narrarles lo que les estaba ocurriendo?

Decidió actuar. La respuesta solo llegaría después de lanzar la pregunta.

Entonces, se arriesgaría a buscar a otros interesados en compartir lo que les estaba ocurriendo, o simplemente pedirles que les contara alguna historia para olvidar, aunque fuera solo por el momento de la lectura, el miedo que estaba invadiendo las calles o la fragilidad de la existencia. De modo que se sentó frente al computador. Tanto que había rechazado eso de estar conectado a través de la virtualidad (porque ese comportamiento había comenzado a distanciar a las personas de manera física), para terminar acudiendo a esa “conexión” en busca de una opción que le permitiera comunicarse con otros sin correr el riesgo de contagiarse, y así, eludir también uno de los temores más grandes del ser humano: sentirse solo.

Escribió y luego envío a la red:

—Hola, ¿alguien que quiera compartir la forma cómo está afrontando estos momentos tan extraños?

Esperó la primera respuesta…



 

Esta es una iniciativa para compartirnos escritos sobre lo que está pasando, pero ante todo lo que estamos sintiendo los ciudadanos de a pie. Si estás interesado te invito a seguir el hilo de este texto, o también te animes a compartir tus propios escritos: pueden ser crónicas, narraciones ficcionales tipo cuento, fragmentos de diarios, poemas, opiniones o lo que se te ocurra, no es obligatorio que estén relacionados con la enfermedad, se puede compartir sobre cualquier temática, pretendo que tengamos textos para leer que vayan más allá de la información que corre presurosa a llenarnos de angustia, y que a través de las palabras nos sintamos acompañados. Serán textos libres, concentraré la mayoría de textos en mi sitio web y redes sociales, espero circulen hasta llegar al lector que pueda gozar de estos. ¿Te animas?

 

Carlos Agudelo Montoya


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