• Carlos Agudelo Montoya

El extranjero

Una cuestión sin importancia

Crónica de lectura

        Cuando busqué El extranjero entre los textos de mi biblioteca había olvidado que el libro estaba dividido en dos (un viejo ejemplar de 1981 editado por Alianza), no me refiero a las dos partes de la novela, en realidad el libro físico estaba partido en dos, creo que así lo recibí del último estudiante al que se lo presté. No le había dado importancia a esa división, en primer lugar, porque el libro al fin había sido vencido por el uso y, en segundo lugar, porque el comentario que hizo el estudiante sobre la lectura fue la mejor prueba de que la obra había cumplido su cometido. Entonces, me dispuse a buscar colbón, sí, colbón, no se me ocurrió nada mejor que llenar el lomo de pegante para que el libro fuera uno solo de nuevo. Lo puse al sol un rato y listo. Asumí que el objeto libro resistiría algunas otras lecturas.

        Volví a la historia de Meursault después de, tal vez, dos años. Era la cuarta lectura, creo. A lo mejor los que gustan del releer también hayan sentido esa sensación particular de toparse con las imágenes y sensaciones que se han ido quedando con cada lectura. En mí caso hay tres imágenes que mantengo grabadas de El extranjero: la caminata a campo traviesa de Pérez; el momento en que Meursault dispara, durante el que mi mente reproduce Killing an arab de The Cure; y a Meursault tirado en alguna parte de su celda mirando hacia el cielo e imaginando los posibles futuros que no tendrá.

         Estas imágenes fueron desplazadas cuando releí las primeras frases: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.” A medida que pasaba las páginas mi atención se enfocó en el uso de los tiempos verbales; cuando ese 'Hoy' se fue convirtiendo en una jornada que dura hasta el día siguiente, comencé a preguntarme si habría un error en la traducción o cuál era la intención del autor al manejar de aquella forma los tiempos de la narración y la historia. Cada capítulo se enfoca, en apariencia, en una escena específica, aunque he comenzado a suponer que lo importante, más allá de limitarse a una escena, es la sensación que explora Meursault durante la narración del capítulo. Por eso el tiempo de la historia parece ocurrir a la par que acontecen los hechos, aunque a la vez genera la sensación de que ya ha pasado cierto tiempo.

         Por su parte, el punto de vista se desarrolla a partir de la voz del protagonista, quien narra lo que le ocurre y lo que piensa frente a eso que está viviendo; pensamientos que casi siempre considera hechos sin relevancia. Nada parece importarle en realidad, solo mantener la distancia de los demás. Es un narrador honesto que no pretende crear metáforas ni invitar a reflexionar, solo describe lo que vive y manifiesta lo que piensa. A mí yo lector, al hombre que soy en este momento de mi vida, comenzaron a nacerle cuestiones detonadas por los acontecimientos de la narración: la relación con las mujeres, en las que Meursault las desea sin esperar ni siquiera que ese deseo se cumpla; la falta de importancia que deberíamos darle a lo que nos rodea; y las consecuencias de ser honesto.

        Vivo en un país que aún está atado a las cadenas de la religión, en el que juzgan la moral ligada a la devoción, desconociendo o, más peligroso aun, con la certeza de que los creyentes de algunas religiones han sido más violentos que los considerados ateos. Yo sería también condenado por mi poco interés en creer en un más allá o en un ser supremo que todo lo controla y está pendiente de mis actos. De igual manera, así como ocurre en la novela, los medios de comunicación y el pueblo están en busca de algún acontecimiento del que puedan alimentar su deseo de controlar, señalar y juzgar, situaciones que suelen parecerme superfluas.

        Esta relectura me hizo sentir extranjero en mi país, en mi ciudad, y en ocasiones de mí mismo. Si la narración logró llevarme a la extrañeza de mi ser y mi convivencia en sociedad, se debe, más allá de mis reflexiones éticas y morales, al magistral y sencillo uso del punto de vista de la narración. En ningún momento la descripción de los acontecimientos abandonó la mirada de Meursault, a quien todo lo que le ocurre, incluso su propia condena, termina por ser una cuestión sin importancia.

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