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  • Foto del escritorCarlos Agudelo Montoya

No fue nada

Actualizado: 17 nov


En una tarde de finales de 2009…


Me gusta caminar. Me gusta caminar escuchando música. Hoy tenía la clausura de El Valor de la Palabra en la IE Simón Bolívar. Como está cerca de mi apartamento, y debido a las lluvias, preferí caminar que ir en moto. A paso lento, tardé más o menos media hora. Durante el camino pensé en situaciones de mi vida, en cambios, en procesos que estoy viviendo y que llegarán. Justo en la esquina del colegio, solo hacía falta cruzar la calle y avanzar hasta la portería, un hombre de baja estatura, de casi cuarenta años, vestido con jeans, una camiseta blanca y una gorra del mismo color, me detuvo.

Me decía algo que yo no entendía. Hasta me dio la mano. Me quité los audífonos. Pensé que era un señor que estaba buscando una dirección cuando al fin entendí lo que dijo:

—Es que nosotros somos de la banda de Itagüí, ¿usté la conoce?

Mi única reacción fue decirle que sí. El tomó mi mano y se golpeó con ella algo cerca del hombro que debí entender como su símbolo de la banda.

—¿Por qué no se detuvo cuándo el gordo de rojo le hizo señas?

¿Cuál gordo de rojo?, pensé.

—Me dijeron que usté es un man que trae drogas pa’ca, pa’ Simón Bolívar.

—No, señor, yo vengo al colegio a trabajar.

—¿O sea que usté es un profesor?

—Sí.

Pensé que eso había aclarado todo. Pero en ese momento se acercó otro hombre hablando por celular.

—Él viene conmigo. No lo mire. Solo haga lo que él le diga.

El hombre, un gordo un poco más bajo que yo, con aire de mucha violencia, estaba cubierto con gorra y tenía gafas oscuras.

—No me mire, güevón.

Agaché la mirada.


Comenzó a hacerme las mismas preguntas y yo a contestar lo mismo.

—Venga, sentémonos acá. Mantenga siempre la mirada al piso. ¿Usté no es ese man que estamos buscando, usté no tiene drogas en el bolso?

—No. Yo vengo para el colegio.

—Si no es usté, ¿por qué está tan azarado?

Cómo decirle que estar rodeado por dos personas que me violentaban no me permitía estar normal. Que yo no estoy acostumbrado a eso.

—Sí usté tiene drogas en ese bolso, ¿lo puedo pegar acá?

—Yo no tengo nada.

—Pero si las tiene lo mato acá, güevón.

Mi instinto me dijo que le abriera el bolso.

—No abra esa maricada.

No entendía. Solo supe que el tiempo corría despacio. Que a mí alrededor la vida seguía igual mientras que yo estaba ahí, cagado del susto (en sentido figurado).

El tipo hablaba con otra persona por celular o eso parecía. Le decía que yo no era, que aparentemente yo era un profesor.

—Si lo monto en la camioneta y verificamos todo lo que usté trae me toca matálo, ¿si me entiende?

¿Cuál camioneta?

—A usté le consignaron entre tres a cuatro millones ayer por una droga. Si revisamos su cuenta y tiene esa plata, ¿lo puedo sonar?

—Yo no tengo esa plata. Si me pagaron hoy tendré algo de dinero, pero no esa plata.

—Y si no le pagaron, ¿cuánto tiene?

—Si mucho catorce mil pesos.

—A ver, saque su tarjeta —la saqué y se la di. El tipo dio por el celular el número de la tarjeta. Decía cómo me llamaba yo y que según lo que decía no tenía esa plata.

—Si le pagaron, ¿cuánta plata tiene?

—Pues como me deben unos pagos atrasados, tal vez dos millones o algo más.

—Entonces, si tiene más de tres millones, ¿lo puedo sonar acá?

—Yo no tengo esa plata. Si mucho tendré más de dos millones por el pago.

Hasta ese momento el interrogatorio ya había pasado por la clave de la cuenta, el lugar de donde venía, dónde vivía y qué hacía. El miedo me había convencido de que los tipos de verdad cuidaban el barrio y me dejarían entrar al colegio.

—Muestre su celular, ¿cuál fue la última llamada que recibió?

—Una llamada del trabajo, pero es un número que no tengo grabado.

Le mostré el celular. Rogué que nadie me hubiera llamado durante la caminata sin que yo lo sintiera.

El otro tipo caminaba lejos y regresaba. Decía que yo no era.

—¿Por qué tiene más de tres millones en su cuenta?

Pensé en todos los porqués posibles, no había ninguna razón para tener ese dinero.

—No, yo no puedo tener esa plata.

—No me mienta, marica.

—No, yo no puedo tener esa plata.

—Sabe qué —dijo mientras se levantaba—, venga —imaginé que una camioneta llegaba y me montaban, pensé en Samuel—. Deme el celular.

Se lo entregué.

Vi a Nancy, la bibliotecóloga de Comfama Itagüí que llegaba al colegio para la clausura. Rogué porque me viera, pero no lo hizo. Yo giré en la esquina.

—Vamos a verificar las cosas. Vaya siéntese allá en las escalas y espera a que nosotros le devolvamos lo suyo.

—¿Cuáles escalas? —Solo veía un pedazo de calle, el lado occidental del colegio. Él quería que llegara hasta el final de la calle y esperara.

¿Qué podía hacer yo?

—Y no se mueva de ahí. Lo estaremos vigilando, si se mueve lo pegamos.

Los hombres desaparecieron. No sé cuándo porque no me atreví a mirar atrás.

Llegué al lugar señalado. Me senté y comencé a pensar. Alcancé el estado paranoico que seguro me acompañará durante días, tal vez meses. Cada vez que pasaba un carro sentía que se iba a detener a decirme que entrara o me iban a disparar.

Comenzó a llover.

Llovió muy duro.

Escuché que en el colegio iniciaban la actividad. La voz del profesor Francisco me llegaba en la distancia. Una señora me gritó que me metiera en la tienda para no mojarme. Le sonreí y dije que no, gracias. En esos momentos todas las personas que estaban cerca hacían parte de la banda, para mí, todos me estaban vigilando.

Pasó el tiempo. Fue ahí cuando pensé que tal vez era un atraco. Una forma de asaltar a ingenuos como yo. ¿Y si no era cierto? No podía moverme de ahí. El tipo me dijo que no me fuera a entrar al colegio. La puerta más cercana estaba a cuadra y media.

Durante esos minutos pensé de todo. No puedo recordar bien qué fue, pero sé que mi mente no se detuvo. Mi corazón palpitaba fuerte.

Escampó.

Ya había pasado mucho tiempo. Si de verdad verificarían mis datos ya lo habrían hecho. No sé de dónde, pero saqué fuerzas para caminar hasta el colegio. Miré atrás. Sentía los pasos de la muerte tras de mí.

Aporreé la puerta. Vi que los vigilantes estaban hablando. No escucharon. Miré a todas partes. Me sentí como Santiago Nasar tocando a las puertas de su casa y nadie me abría.

Golpeé más fuerte. Una vigilante atendió, no me dijo nada. Abrió y entré sin presentarme. Solo quería sentirme seguro. Luego me interrogó. Caminé hasta un lugar, me senté y comencé a decir que me habían asaltado. El acto cultural se detuvo. A lo lejos escuché mi nombre por los parlantes del colegio. Alcancé a decir que no con las manos.

Lo que siguió fue la explicación a todos los que me veían el rostro. Seguro que no tenía muchos colores. Pedí que solo hubiera sido un asalto. Un asalto donde perdí el celular, mis tarjetas y, durante un tiempo, la tranquilidad. No sé cómo, pero logré llamar a mi banco para bloquear las tarjetas. No sabía si llamar a la policía o hacer qué.

Las profesoras me abrazaban invitándome a estar tranquilo. No había pasado tanto. Luego Nancy me contó una historia mucho peor por la que había pasado ella e intentó tranquilizarme. Que hasta ahí había llegado todo. Quiero creerlo así, aunque ellos saben dónde vivo y tienen los números de muchos de mis conocidos.

El tiempo corría. No sabía si llegar a mi apartamento o irme para otro lugar. Pensé que tal vez tendría que cambiarme de casa esa misma noche. No volver al lugar donde ellos saben que vivo.

El profesor William salió y me llamó un taxi. Yo miraba a todas partes temiendo reconocer a alguno de los tipos. Llegué al apartamento y lo primero que hice fue hablar con los vigilantes y contarles la historia para que no dejaran pasar a nadie desconocido. Llamé al 123 y expuse mi caso, no es digno de denuncia porque no perdí los papeles, y no me hicieron nada. Fue un asalto psicológico, no fue nada, eso dijeron.


Fotografía: Engin Akyurt.

Tomada de: https://unsplash.com/es

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