Una dedicatoria
—Estás leyendo otra vez a Javier Marías —dijo Samuel.
—Sí, retomando, hace rato que no lo leo.
—¿Y qué libro es?
—Todas las almas.
—¿Y de qué trata?
—Trata de… trata de… es más por cómo está escrito que por el tema… —terminé por decir; llevaba más de la mitad del libro y no tenía claro de qué trataba—. Es un hombre que está narrando su tiempo de vida en Oxford —complementé.
Samuel, siempre tan condescendiente, solo dijo: mmmm ya. Y siguió en lo suyo.
Yo volví al libro. Continué leyendo sin saber bien de qué trataba, y me quedé pensando si las novelas para ser buenas obras necesitan tener una trama que permita responder de qué trata cuando alguien pregunte. Si fuera así, muchas novelas que me gustan no serían novelas.
Todas las almas se publicó en 1989, un joven Javier Marías la había escrito y sí, el narrador es un académico que está recordando mientras narra sus dos años de vida en Oxford, donde conoció a algunos personajes que le resultaron interesantes, tuvo como amante a una mujer que lo marcó y visitaba librerías en busca de obras que iba enviando a Madrid. Como gran parte de las obras de Marías, lo más atrapante es su narración, ese narrador en primera persona que reflexiona y narra digresiones todo el tiempo.
Como en cualquier lectura que me gusta, resalté algunas frases que me resuenan:
Nos condenamos siempre por lo que decimos, no por lo que hacemos.
Todo debe ser contado una vez al menos, aunque, como había dictaminado Rylands con su autoridad literaria, deba ser contado según los tiempos.
Pero ningún secreto puede ni debe ser guardado siempre para todo el mundo, sino que está obligado a encontrar al menos un destinatario una vez en la vida, una vez en la vida de ese secreto.
Dejé pasar otras que quedarán pendientes para una relectura. Con este libro —con el libro como objeto, no con la novela en sí— me ocurrió algo que trasciende su lectura. Me encantan las dedicatorias, busco y colecciono libros leídos que tengan una bella dedicatoria, que obvio no son para mí. Aunque la de Todas las almas sí lo es:

Tardé varios días en descifrar quién me había dedicado el libro. No tenía entre mis recuerdos a una mujer llamada Paula con quien tuviera tal cercanía para recibir de ella como regalo un libro con dedicatoria. Hasta que una noche, mientras leía algún pasaje de la novela, se disipó la bruma y la vi: era Paula, una exestudiante de universidad a quien le dicté una o dos clases, nos habíamos reencontrado en el Parque Biblioteca Belén donde ella trabajaba y yo dictaba un taller de escritura. Ese 2015 sugerí hacernos un regalo literario entre los asistentes. Consistía en llevar un libro que nos gustara, luego ubicarlos todos en el piso para que cada quien escogiera una obra que le llamara la atención. Seguro me adueñé de Marías o a lo mejor nadie lo reconoció o tal vez Paula me lo regaló directamente al conocer mi gusto por el autor. Me gustaría tener una memoria que reconstruyera tal cual la escena, pero como dice Marías en otro de los pasajes que resalté: “A veces el saber verdadero resulta indiferente, y entonces puede inventarse”.
Lo particular es que durante más de diez años el libro estuvo sin ser terminado. En su momento leí menos de la mitad y luego lo solté. No tengo recuerdo del porqué, solo lo puse entre los demás libros del autor en mi biblioteca y viajó conmigo a través de no menos de nueve mudanzas. Trasladaron a Paula a otra biblioteca y yo continué acompañando el taller. Ella murió poco tiempo después, no sé si era domingo, no sé si fue una tarde o una noche, se subió —como solía hacerlo— en el bus que la llevaría hasta su casa y un loco la apuñaló para robarla, eso dijeron o eso recuerdo que dijeron, también dijeron que el conductor del bus corrió hasta el Hospital General para intentar salvarla.
La literatura termina por relacionarse con nuestras vidas, así como dice Marías:
Por eso estoy haciendo ahora este esfuerzo de memoria y este esfuerzo de escritura, porque de otro modo sé que acabaría borrándolo todo. También a los muertos, que son la mitad de nuestras vidas, aquello que compone la vida junto a los vivos, sin que en realidad sea fácil saber qué separa y distingue a unos de otros; quiero decir, a los vivos de los muertos que hemos conocido vivos.
Y Paula es uno de mis muertos. Estará entre mis recuerdos, dentro de mi biblioteca, en las primeras páginas de la novela de uno de los autores que más admiro; habitará un espacio que es solo para ella, creado gracias a que una tarde un libro y una dedicatoria unieron nuestros nombres en un recuerdo que podrá trascender su existencia y, a su vez, la mía. Los libros —aun en los que, en apariencia, no ocurre nada trascendental— son una bella forma de recordar.
Octubre, 2026


Aw! Tan hermosa esa conclusión!
Realmente increíble y bonito