El conflicto. Cómo pensamos que es.
- Carlos Agudelo Montoya
- hace 4 horas
- 4 min de lectura
Trato de hallar el momento, la situación, o la persona que me permita recordar cuándo se sembró la semilla de mi cambio para enfrentar los conflictos, y mi memoria no ayuda. No llevo mucho tiempo pensando en ello, solo unos días dentro de los cuales le he dedicado pocos minutos. Tal vez escribiendo, que es mi forma de pensar, traiga al frente ese momento esquivo. Es común asumir que si hallo el punto de partida de cualquiera de mis pensamientos, puedo comprender su raíz y cómo se fue adueñando de alguna parte de mi vida. Es como a veces he creído que es el camino de la terapia psicoanalítica: nombrar el cuándo y el por qué, para comprender el cómo y así intervenir en lo que me está afectando. Dicho así me suena a comprensión del mito, entendiendo este como una narración fundacional.
Por ahora, tomaré lo que tengo a la mano: una situación de mi vida laboral que me llevó a anotar en mi banco de ideas “escribir sobre el conflicto y cómo lo confundimos”. En esa situación estoy buscando un espacio de mediación para conversar sobre el malestar que, parece, le genero a un compañero de trabajo; solicité esta mediación porque la considero una buena forma de escuchar al otro, plantear a su vez mi percepción de la situación y así mejorar nuestra convivencia. No estoy interesado en que la otra persona cambie ni tenga algún tipo de señalamiento o sanción; es solo que creo que al conocer las razones que ese otro tiene y que él escuche las mías, podemos acordar cómo convivir en el mismo espacio.
Hasta ahora, mientras pienso en eso a través de este texto, no se ha concretado el encuentro porque él ha solicitado aplazarlo en dos ocasiones. Y según lo he percibido —al ser una percepción podría ser un error de interpretación de mi parte— está buscando las herramientas para defenderse. Y ahí es cuando creo que él ve el conflicto actual como algo negativo que debe enfrentar para ganarlo o, al menos, para no salir mal de este.
A partir de ahí ya puedo ensayar hipótesis: creemos que si “ganamos” el conflicto, es decir, si salgo yo con la razón y la otra persona acepta que estaba equivocada o que había cometido un error, o si recibe algún tipo de sanción, todo estará bien; y a su vez, entonces, si soy quien “pierde” el conflicto, es porque hay algo que hice mal, o peor, es porque hay algo mal en mi comportamiento o mi ser.

Llegamos de esta manera a evaluar el conflicto como un momento negativo en nuestras vidas, algo que en lo posible debemos evitar. Incluso me pasa al escribir este texto, en no ponerle nombre a mi compañero es una forma de hacer lo posible por eludir un conflicto; también dudé en darme la libertad de ensayar interpretaciones de lo que está pasando, porque luego él podría señalar que estoy malinterpretando todo. Ahí aparecen otras formas de cargar en negativo al conflicto: siempre debemos interpretar correctamente lo que nos pasa o lo que hacen los demás —sin saber qué es lo correcto o asumiendo que lo correcto es lo que está bien—; y debemos protegernos de lo que el otro podrá pensar a partir de nuestras palabras o actos.
Ambas situaciones están por fuera de mi alcance: no puedo interpretar siempre lo que los demás consideren “correcto” —que responsabilidad tan vacía y tan grande, a su vez—, ni puedo controlar lo que los demás piensen de mis actos, porque en la gran mayoría de estos no los estarán juzgando por lo que son, sino por lo que ellos ven en cada acto mío. No el acto en sí, sino su interpretación. Yo mismo no tengo claras las razones por las que le genero ese supuesto malestar a mi compañero, podría generalizar ideas o particularizar momentos (algún comentario que hice en voz alta, por ejemplo). Escucharlo en esa reunión, ya dos veces aplazada, podría ser la oportunidad de conocer sus razones aunque tal vez no llegue a comprenderlas. Tal vez me equivoco en asumir que lo que percibo es el hecho sin matices ni tergiversaciones. Olvido que soy un ser con límites, en esta ocasión identifico dos en especial: lo que he aprendido sobre lo que me rodea define mi capacidad de comprenderlo y mi instinto de autoprotección puede hacerme ver diferente.
Aunque no recuerde el momento en que apliqué por primera vez estas dudas, sí puedo afirmar que aplicarlas me hace ver el conflicto como una ocasión en la que podré conocer al otro un poco más —al menos en el contexto que se desarrolle el conflicto— y una forma de moverme de la comodidad en la que estoy observando el mundo. Más importante que conocer el momento fundacional de algo en mi existencia, es aprender a vivir con ello día a día; en esa reunión aplazada y todas las que vendrán.



Comentarios