Al leer El jardinero y la muerte
La muerte es uno de los temas que tal vez pensamos poco, o bueno, no es un tema recurrente de conversación, solo lo es cuando está enmarcado en una muerte real: se conversa sobre esta cuando alguien menciona el fallecimiento de algún conocido o cuando estamos en una sala de velación. Es, creo, un tema que conversamos en contexto; pero así a la ligera, ¿cuál tema no lo es? El amor, la amistad, la soledad, el miedo… cada tema de la vida nos interesa cuando la situación nos pone en la necesidad de interpretarlo y a partir de ahí debemos actuar.
(Caigo en cuenta de un impulso que debo controlar: escribir desde la generalidad camuflándolo en una primera persona del plural, asumiendo por error que mi interpretación es la de muchos. Debo escribir desde la voz en singular, es mi pensamiento singular ocurriendo, no conclusiones sobre la humanidad plural.)
La muerte es uno de los temas que ronda mi mente —puedo comprobarlo a partir de varios de los libros que he publicado—, incluso en este momento estoy corrigiendo una novela sobre la muerte voluntaria y estoy decidiendo cuál es el mejor género para explorar el impacto de la muerte de alguien que hace varios años fue importante en mi vida. La muerte es una presencia que siempre está ahí. Pienso en ello al preguntarme por qué leí El jardinero y la muerte de Gueorgui Gospodinov. Una pregunta un poco forzada, como si pasara por una época de mi vida en la que estuviera condicionado a leer cierto tipo de textos —como ocurre durante la etapa de formación profesional, por ejemplo—; ya solo leo lo que me atrapa, tengo decenas de libros iniciados que no logran pasar de las primeras páginas. Siempre serán más los libros por leer que los que leeré completos. Esa hermosa libertad de hacer algo solo por gusto, sin el deber como grillete.
Leí El jardinero y la muerte hasta el final porque la escritura del autor me atrapó. Hice muchos subrayados, resalté esas frases, esas ideas que me hicieron eco. La obvia, y la culpable de mantenerme en la lectura es la que abre el libro:
Mi padre era jardinero. Ahora es jardín.

Y el libro, a mi parecer, no decepciona. Estas dos oraciones son una promesa de que se leerá una obra bella. Y el autor cumple esta promesa. Continué leyendo, entonces, por estilo más que por el tema de la obra. Aunque el tema me sea tan cercano.
Desconozco las razones que llevaron al noventa y nueve por ciento de los autores que he leído a crear su obra, y aún así siempre tengo un supuesto del por qué lo hicieron. Este libro de Gospodinov está en el uno por ciento, ante todo por la responsabilidad de la no ficción de ser explicita al respecto. Hay un pasaje que lo evidencia:
Mi padre murió y Mi padre se muere son dos frases completamente distintas. La primera es un hecho, una conclusión; la segunda, una novela. Una larga historia con giros de esperanza y desesperanza que se alimentan e inflaman mutuamente. El oxígeno de una enciende constantemente el fuego de la otra. La muerte es también un problema lingüístico. La palabra murió es breve como un golpe. Está esa r del último estertor y la o que cierra el círculo de la vida. Una o como un cero absoluto, y para rematar, la tilde, el último clavo que no deja lugar a la esperanza.
Aunque la muerte sea un tema que me ronda, solo le doy la oportunidad de hacerlo en la escritura, de resto, evito todo lo que esté relacionado con ella en mi cotidianidad. Hace un año falleció una asistente a uno de mis talleres de escritura y no fui al velorio ni a la ceremonia final; aunque tuve la primera intención de hacerlo. Días después identifiqué una especie de resentimiento por parte de algunos miembros del taller por esa ausencia mía en un momento importante para todos. Comprendo por qué esa reacción, socialmente hay acciones que debemos cumplir. Tardé años en nombrar la razón para no acudir a esos eventos: entre mi adolescencia y temprana juventud asistí a tantas ceremonias de despedida de personas conocidas y queridas, que terminé por odiar esos momentos y, entonces, por alejarme de ellos. Sé que es un espacio especial, una ceremonia importante, y aún así no puedo controlar que al asistir a una quede afectado durante días o semanas.
Por eso me cuestiona por qué la muerte aparece cuando escribo y no me afecta como sí lo hace un ritual funerario. Escribir sobre ella podría ser una forma de procesar un trauma, mientras que la ceremonia es tal vez una manera de revivirlo. No lo sé con certeza, y creo que tampoco es necesario saberlo del todo. La muerte es la única situación que aparecerá en múltiples ocasiones durante mi existencia, hasta que llegue mi momento, y ahí ya no podré pensarla, ni leer ni escribir sobre ella. Tal vez por eso es un proceso en retrospectiva, una forma de prepararme ante ella. Una ilusión falsa esa de que creerme preparado ante la muerte, que a su manera terminará por marcar un cambio.
Me gusta como lo plantea Gospodinov:
Parece que, después de cada muerte, igual que después de cada nacimiento, el mundo empieza de nuevo. El cómputo del tiempo personal se transforma tras semejantes acontecimientos, se abren nuevas eras. Empiezas a decir: ah, eso fue antes de que muriera mi padre. O mientras mi padre estaba vivo. O dos años después…
Me pasa igual cuando escribo algún pasaje en el que muere un personaje. Después de la muerte de Fernando, en Nosotros sin ella, el narrador-protagonista debe reconstruirse y hallar un nuevo comienzo.
Su cuerpo estaba tendido en la cama.
Estaba vestido de manera impecable, tenía puesto un traje y llevaba corbata. Su cabeza, girada hacia la puerta, permitía que la mirada se sostuviera dirigida hacia la habitación principal. Murió mirando el lugar donde había amado a Helena.
No recuerdo qué pasó conmigo al escribir esa escena. Han pasado muchos años, aun así, sé que a mí, como escritor, esos procesos de narrar una muerte y sus consecuencias también me afectan; tal vez me he convencido siempre de que debería solo detenerme, poner el punto final y regresar a mi cotidianidad. Ser consciente de transitar esa muerte y luego retornar a la rutina. Continuar con el siguiente texto o avanzar en la narración. He ido asumiendo que escribir sobre la muerte es un proceso de interpretación y de comprensión de mis interpretaciones, casi como lo menciona Gospodinov:
Lo último que hizo, ya no podía hablar, fue aquel semicírculo con la mano. ¿Quería reunirnos para decirnos algo? ¿O solo quería decirnos que estuviéramos juntos? Ahora pasaré el resto de mi vida interpretando ese gesto.
La muerte continuará rondando mis pensamientos y mis lecturas —aún así seguiré negándome a asistir a rituales mortuorios y despertando malestar por ello, sin justificaciones nuevas de mi parte—, aunque me la pasaré el resto de vida interpretando lo que hace en mí escribir una escena —muchas escenas— y lo que pasa en la mente de los personajes que siguen en la obra. Tras una muerte —ficcional o real— retomaré la vida sin saber cómo.



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