• Carlos Agudelo Montoya

Un libro en cada viaje

Actualizado: 4 nov

Entre quince a dieciocho años atrás caminé hasta un centro comercial en Montería, Córdoba, en busca de un libro y el inicio de una tradición que continúa activa. Necesitaba un libro porque tal vez había terminado la lectura con la que llegué a la ciudad y aunque en muchos viajes de trabajo el tiempo para leer es corto, la sensación de no tener a la mano un libro me genera cierto tipo de angustia. Era la época en la que los centros comerciales apenas comenzaban a tomar fuerza en las capitales intermedias del país. Por múltiples razones fue una suerte encontrar dónde calmar esa sensación incómoda que nace en mí al no tener a la mano una buena lectura.

Colombia es un país que tiene pocos lectores, aunque hay muchas hipótesis al respecto me gusta simplificarla en una razón de peso: en pocos territorios del país hay librerías; Colombia tiene 1122 municipios y distritos especiales, y aunque no cuento con el dato exacto, diría que en menos de la tercera parte de ellos se consigue literatura para comprar, y en la mitad de ellos no hay una librería decente que tenga buena oferta. Sin acceso al libro es difícil que alguien se convierta en lector.

Entonces, para calmar mi angustia había indagado dónde comprar un libro en Montería y me guiaron hacia la aparente única librería de la ciudad. En ese tiempo solía elegir lecturas al azar, por lo que tomé el libro de un autor desconocido para mí de la sección de literatura colombiana, me llamó la atención su nombre y apellido, extraños en el país: Nahum Montt. La obra se llama El Eskimal y la Mariposa. Fue una lectura feliz, un grato descubrimiento. Aunque cuando salí con el libro bajo el brazo, aún no sabía que sería una buena compañía. Entre mis recuerdos no está la razón por la que escribí en una de las guardas las descripciones de dónde y cuándo había comprado el libro. En ese momento mi biblioteca no era significativa, por lo menos no frente a la que tengo hoy, entonces un libro nuevo tenía un sentido especial. Poco a poco fui haciendo costumbre buscar librerías en los territorios que visito, no siempre las encuentro, por lo que regreso a casa sin una nueva lectura. Para evitar quedarme sin qué leer, indago antes de iniciar el viaje si hallaré librerías; si la respuesta es sí, empaco solo un libro; pero cuando es no, entre tres y cinco libros van a caer a la maleta de viaje.

Debo confesar que no siempre escribo en las guardas de los libros que emigraron a mi biblioteca desde distintos lugares. A veces simplemente se mezclan entre los demás, negándome la oportunidad de reconstruir un recuerdo cuando abra sus páginas y halle una corta descripción. Por ello cada vez con más disciplina me obligo a seguir la tradición. Como hoy, por ejemplo. Me encuentro en Valledupar, Cesar; con anticipación consulté las librerías de la ciudad por lo que creí estar seguro de cómo llegaría a un buen libro, pero Isney, quien es mi Cicerone durante esta visita, me dijo que no conocía las otras librerías que indagué, por lo que fuimos a la fija, a una ubicada en un centro comercial. Tal vez las librerías logren reconciliarme con esos lugares a los que tanto les huyo.

Ahora soy menos aventurero para comprar libros a como lo fui hace tres lustros, creo que el espacio físico comenzó a influir en mis decisiones sobre la compra de libros, el apartamento es cada vez más pequeño para acogerlos. Entonces, dejo para los viajes la compra de algún libro que me haya llamado la atención o la adquisición de una obra de un autor que me guste bastante. En esta ocasión, mi primera opción era comprar un libro de Pamuk y tuve la suerte de hallarlo. Si bien había identificado las obras del autor turco para adquirir, fue un comentario de mi amigo Gabriel, un lector crítico como pocos, el detonante para buscar Estambul entre las opciones.

Me llevo de Valledupar un libro que muestra la percepción de un hombre sobre su ciudad natal, para mí un lugar al otro lado del mundo; ya escribí en la guarda las razones por las que este libro hará parte de mi biblioteca, espero que esa lectura me enseñe, a través de sus palabras, a construirme en un mejor autor, así tal vez con el tiempo podré hacerle honor a esta tierra caribeña que me ha hecho sentir tan feliz.

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