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Sapotear libros

Foto del escritor: Carlos Agudelo Montoya
Carlos Agudelo Montoya
28 sept
4 min de lectura

Lo he dicho en otros momentos —y a pesar de los años en el oficio esto no ha cambiado—, soy un escritor dubitativo; soy un escritor que se pregunta bastante sobre si debo o no continuar con un proyecto, si debo invertirle tiempo a un libro que empecé con entusiasmo pero que fue cayendo en dudas. Estoy pensando en esto debido a que hoy, a mis 46 años, tengo varios proyectos de escritura iniciados. En mi tierra podrían decir sapoteados (suena raro, pero es un concepto que le aplica). Aunque no es un término oficializado por la RAE, está aceptado como americanismo y al ser una palabra viva seguro terminará por imponerse en algún momento. Se escribe sapotear, aunque a veces también suena (más) “sapotiar”. Se refiere a comer de a poquito diferentes tipos de comidas en un espacio corto de tiempo, aunque está ligada a comida en proceso de preparación —aplica perfecto al cocinero que va probando un poco aquí y otro allá—; de igual manera, sapotear es empezar varias tareas al mismo tiempo sin terminar ninguna. Entonces, yo sapoteo libros. Como lector y como escritor.

En la práctica, los cambios de proyectos se dan cuando alguno no avanza de una forma que me hace sentir cómodo y entusiasta. Las ideas para nuevos libros llegan mientras camino, leo, escucho música, converso, observo, leo, escribo, pienso, escucho… Las ideas están ahí a la mano y suelo registrarlas a tiempo, antes de olvidarlas o que la próxima las borre de mi mente. (Si no anoto rápido la idea se fuga igual o más rápido de lo que llegó). Y cuando llega una idea que me entusiasma más que otras, comienza la relegación de las demás, a las que vuelvo cuando se estanca la que esté trabajando.

Hace dos años, tal vez menos, tal vez más, comencé la escritura de una novela con cinco personajes principales; está planeada para seguir la historia desde el punto de vista de cada personaje. Ocho partes, dos partes por personaje; cada parte con nueve capítulos. (Soy un metódico sin posibilidad de rehabilitación). Sí, la suma no da, lo sé; el punto de vista del quinto personaje aparece como destellos de su forma de ver el mundo. Escribí más de 20 capítulos lleno de entusiasmo. Todo marchaba como lo había planeado. Y luego llegó algo, ocurrió cualquier situación: mi trabajo en el colegio, la lectura de alguna novela, la finalización de un libro que tenía fecha de entrega, algún viaje, una cirugía, una nueva idea, no lo sé… Sea lo que haya ocurrido, este proyecto se fue opacando. Una vez pensé que no tendría sentido terminarlo; pasó por mi mente el temor que a veces llega cuando escribo: ¿y quién leerá esto?, ¿lo estaré escribiendo bien?, ¿mejor termino esa otra novela y luego vuelvo a esta? Y así, puñados de preguntas me rondan. Quienes suelen escucharme hablar sobre la escritura —casi siempre los asistentes a alguno de mis talleres— conocen mis respuestas a parte de estas dudas: se escribe para que otros te lean (incluso tú mismo llegarás a ser otro ante tu propio texto); toda obra siempre tendrá lectores (pocos o muchos, pero al fin, lectores)… 

La responsabilidad más importante del escritor es hacerlo de la mejor manera posible de acuerdo con sus capacidades. Lo dice de forma bella García Márquez en una de sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba:


En realidad, el deber de un escritor, y el deber revolucionario, si se quiere, es el de escribir bien.


Y aunque cada escritor debe saber cuándo está escribiendo bien un libro, solo los lectores tienen la última palabra al respecto. Por ello, es común dudar de lo que se está escribiendo. Porque en el juicio de la buena escritura no se enfrenta a un solo juez; hay múltiples formas de “escribir bien”. Entonces, en mi caso, cuando un libro no me termina de cuadrar, pues sapoteo otra vez y paso de un texto a otro y luego a otro.


"Stacks of Notebooks on Brown Wooden Surface" — foto de Jessica Lewis (thepaintedsquare) en Pexels.
"Stacks of Notebooks on Brown Wooden Surface" — foto de Jessica Lewis (thepaintedsquare) en Pexels.

Por ahí también está pendiente la reescritura (aunque en realidad la creación de casi el 70% de un libro nuevo) de una novela de la que redacté el primer borrador completo (poco más de doscientas páginas) hace siete años, pero que no termina de convencerme. Ya planeé convertirla en una obra de cuatro partes, aunque de tres de ellas no tenga nada escrito. Incluso se perderán más de cien páginas de la primera versión. 

Hace dos días tomé notas para otro libro y seguro la próxima semana redactaré otra idea. En ocasiones siento que necesito tener una fecha límite de entrega para sentarme a terminar un nuevo libro; cuando depende solo de mí, las ideas y la vida se interponen. Tal vez sapotear sea la forma de reposo para un escrito. Crear una obra es también saber darle tiempo a que un texto madure dentro de mí o que yo aprenda algo antes de seguir escribiéndolo. Escribir otros textos me da esa distancia y aprendizaje con los que me acercaré al texto relegado cuando llegue su momento. 

Quien escribe sabe que escribir es un proceso y no hay una manera ideal de hacerlo; cada escritor va construyendo la que le funciona; cada uno termina por comprender cómo vive el proceso de cada libro. Tal vez sapotear es mi proceso. Y será también parte del proceso que muchas propuestas para libros, más de las que me gusta, terminen por ser olvidadas, abandonadas, debido a mi sapoteo. Entre las decenas de carpetas digitales llenas de anotaciones que aumentan cada vez más en mi computadora, muchas nunca tendrán eco, se opacarán hasta quedar en el olvido. Nadie —a veces yo mismo— sabrá que existieron. Nadie se lamentará del letargo en el que se pierden. Y es cuestión de aceptarlo. Esa también es una parte de la creación literaria.


Septiembre 2026

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What the hell Is a Giggawat
What the hell Is a Giggawat
hace 4 días
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Como persona que tiene sapoteados todos sus escritos de cuando era adolescente, apruebo esta filosofía-método 🌟

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2025 © Carlos Agudelo Montoya

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